
Kaiser Karl V. Karl Brandi. 1937. F. Bruckmann. 568 pp.
Cada generación llega a lo que le es propio a través de la experiencia de los antepasados.
La obra más grande y famosa de Karl Brandi (Alemania, 1868-1946) es su estudio biográfico Carlos V: vida y fortuna de un imperio, un estudio histórico sustancial que detalla la vida y el reinado del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Carlos V, considerado un hito en los estudios de la historiografía europea.
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Libro Primero.
Dinastía. Tierras y Reinos. Juventud del Emperador.
1. El duque de Borgoña.
La biografía de Carlos V inicia antes de su nacimiento, y su ascenso real se debe en gran medida a las bases que sus antepasados crearon. Borgoña fue un ducado consolidado por Felipe el Bueno y expandido por su hijo, Carlos el Temerario. El matrimonio de la hija de este último, María, con Maximiliano, hijo y heredero del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico III, creó el escabel desde el cual Carlos alcanzaría los títulos de Rey y Emperador.
Expansión del Ducado de Borgoña Felipe el Bueno fundó la Orden del Toisón de Oro el día de su boda el 11 de enero de 1430. Tenían su Capítulo en los coros de las catedrales, y aún hoy se encuentran sus escudos en Notre Dame de Brujas, en Saint Rombaut de Malinas y en Santa Eulalia en Barcelona. A través de su canciller, el capítulo externaba a los monarcas sus opiniones y amonestaciones. Igual poder de reprensión tenían los directores espirituales, como hizo el obispo de Chalons ante el duque de Borgoña, cuando representó mediante una dama, llamada Honra de príncipe, la persecución que de ella hacían Francia, el Imperio, Borgoña y cuatro mozalbetes llamados Pereza, Voluptuosidad, Adulación y Codicia. La Fiesta de los Faisanes, de 1454, mitad maravillosa, mitad grotesca, fue una exaltación de las virtudes caballerescas en medio del dispendio. Las Memorias de Felipe de Commines muestran la barbarie y el valor, la destrucción y la hospitalidad que estos caballeros eran capaces de desplegar. Comienzan a surgir, más allá de la ambición de posesión, las aspiraciones de la unidad territorial y la creación de un verdadero estado.
Tras la muerte de Carlos el Temerario (1477), Luis XI de Francia se lanza sobre las posesiones de éste. En Gante, los consejeros de María son ajusticiados. Maximiliano, prometido de María aparece ante Gante y es aclamado por el pueblo. En 1478 nace Felipe el Hermoso y en 1480, Margarita. María muere en 1482 a los 24 años. Inestabilidad política en el reino de Francia y en el ducado de Borgoña. Pueblos, súbditos y aliados tornadizos y volubles. Duque Alberto de Sajonia, un apoyo constante en esta época. Margarita prometida al delfín como rehén de paz y apartada al voltear las tornas. Con la toma de Alberto de Sajonia de Brujas y Gante, Maximiliano queda como claro triunfador en 1493.
Felipe el Hermoso obtiene la mayoría de edad a los 16 años y entra en Lovaina en 1494 como legítimo señor del país. Un tratado de comercio con Inglaterra concede margen a Borgoña contra Francia y se consolida el gobierno bajo la conducción de familias capaces, respetadas y de abolengo. Maximiliano proyecta un enlace doble al prometer a su hijo Felipe con una hija de los Reyes Católicos, Juana, y a su hija Margarita con el príncipe Juan. Ambos matrimonios se consumaron, pero el joven Juan muere a los 6 meses. Del otro matrimonio nace en Bruselas en 1498, Leonor. La corte se traslada a la tornadiza Gante y aquí nace en 1500, Carlos, y en 1501, Isabel. Tras regresar a tierras españolas, nace en Alcalá en 1503, Fernando. En 1505 nace en Países Bajos, María. En 1506 muere Felipe el Hermoso y cuatro meses después, en 1507, nace en Torquemada, Catalina. Juana pierde la razón y queda confinada en Tordesillas desde 1509. Margarita, hermana de Felipe ocupa la Regencia y se convierte en madre sustituta de Leonor, Carlos, Isabel y María. En España quedaron Fernando y Catalina.
Margarita, llena de juicio y de carácter, con una energía casi varonil, se manifestó como una de las regentes del siglo. Se rodeó de personas destacadas, como Durero, Gattinara y Adriano de Utrecht, de quien sin duda aprendió su piedad sincera, de obras de arte y de libros. Los instructores de los jóvenes corrían a cargo de flamencos y españoles (sobre todo historia y artes clásicas y ejercicios corporales: montar, cazar, manejo de la lanza). De su primer gobernador y camarero Guillermo de Chiévres habría de aprender el carácter mundano. En 1514 casan María e Isabel con los reyes de Hungría y Dinamarca, respectivamente. En 1515, el duque Carlos de Borgoña es declarado mayor de edad. Concluyen la regencia y los cuidados de Margarita. Ese mismo año asciende al trono de Francia, Francisco I. En 1516 muere Fernando de Aragón, abuelo del duque de Borgoña: Carlos es ya rey de España.
2. Rey de Castilla y Aragón.
Francisco Jiménez de Csneros, despreciando la vida y desde el renunciamiento, entra en la historia universal. Inicia la reforma de la iglesia española: impuso la explicación de los evangelios durante la misa, ordenó el registro de los bautizos, ordenó la residencia de los obspos en sus catedrales... una reforma antes de la Reforma. Impulsó la expulsión de los judíos, fortaleció el estado frente a la nobleza y el feudalismo, acotó a la clase media burguesa y dio corregidores a las ciudades. En 1507 le fue otorgado el capelo cardenalicio.
A la muerte de Fernando de Aragón, queda Cisneros como regente de Castilla, el arzobispo de Zaragoza como regente de Aragón, y Adriano de Utrecht queda como regente por voluntad de Carlos. Inician los desencuentros con Chiévres (y con Carlos). La baja política cortesana a todo lo que da. Invasión de Juan de Albrit, repelido por Cisneros. Intrigas en la Corte contra Cisneros. Chiévres renueva el Tratado de Comercio con Inglaterra y pacta el Tratado de Noyon que promete en matrimonio a Carlos con Louise, hija de Francisco I. Parten Carlos, Leonor y la Corte de Ulissingen y desembarcan en Villaviciosa. ¿Chiévres impidió el encuentro de Carlos con Cisneros? La ruta de la Corte borgoñona. Muerte de Cisneros en Roa, cerca de Valladolid, antes de encontrarse con Carlos. Encuentro de los hermanos Fernando y Carlos. Salida de Fernando a Países Bajos al encuentro con la tía Margarita. El torneo de Valladolid, borgoñones contra españoles... la sangre corría en arroyos.
Carlos comienza a gobernar, encuentra la oposición del imperio e Inglaterra a Francia y el excesivo compromiso de Borgoña, y España, con ella. Conoce los problemas al interior de Aragón y de Castilla. Memoria de Pedro Ruiz de Villena: la conducción del estado por funcionarios capaces. Justicia y templanza. Reforma al sistema: los falsos denunciantes, los honorarios de los jueces, apelaciones ante nuevos jueces, el contenido de oro de las monedas, impuestos progresivos, eliminación de fueros. La oposición de las cortes: recusación de sauvage como presidente, subordinación del príncipe a ellas, prohibición de exportar oro, cargos sólo a españoles, uso del español por el rey, que los impuestos los cobren las ciudades. Agitación contra los extranjeros. El foco del enojo popular son Carlos, Chiévres y Sauvage. Al morir éste, lo reemplaza Maturino Gattinara, favorito de Margarita, y quien construyó el sistema central del gobierno de Carlos. Muere el emperador Maximiliano I. El rey sale del país a recibir el imperio, y se da la señal para el levantamiento popular. Chiévres deja solo a Adriano con la revuelta.
3. Archduke of Austria and Holy Roman Emperor of the German Nation.
Carlos V heredó un vasto pero fragmentado imperio: los territorios austríacos (Tirol, Estiria, Carintia, Carniola), los Países Bajos, el Franco Condado, y —tras la muerte de su abuelo Fernando el Católico— los reinos de Castilla, Aragón, Nápoles, Sicilia y las colonias americanas. Sin embargo, su conexión con las tierras alemanas y austríacas era casi simbólica: no hablaba alemán, no las había visitado, y su educación en Flandes lo distanciaba de la cultura y política germanas.
Maximiliano I, dejó un legado ambiguo: aunque logró consolidar la influencia de los Habsburgo en Europa mediante alianzas matrimoniales, su gestión financiera fue desastrosa. Sus ambiciones —expansión en Italia, lucha contra Francia y los turcos— agotaron los recursos de los territorios hereditarios. A pesar de ello, sentó las bases para que Carlos V heredara una posición única: la posibilidad de unir bajo su cetro España, Austria, Borgoña y el título imperial.
La elección imperial (1519). La muerte de Maximiliano en 1519 desencadenó una lucha por la corona imperial entre los candidatos a sucederle:
- Carlos I de España.
- Francisco I de Francia.
- Enrique VIII de Inglaterra.
- Friedrich el Sabio de Sajonia.
Carlos, aunque joven, contaba con el apoyo de su tía Margarita de Austria (gobernadora de los Países Bajos) y de banqueros como los Fugger, quienes financiaron su campaña con casi un millón de florines de oro. La estrategia consistió en:
- Sobornos a los príncipes electores.
- Promesas dinásticas (matrimonios, como el de su hermana Catalina con el hijo del Elector de Brandeburgo).
- Presión militar: el uso del Schwäbischer Bund (liga de ciudades y nobles suabos) para neutralizar la influencia francesa en Alemania.
- Propaganda: Se explotó la memoria de Maximiliano, popular en Alemania, y se presentó a Carlos como el candidato "nacional" frente al peligro de una dominación francesa
La elección, celebrada en Frankfurt el 28 de junio de 1519, fue unánime (excepto el voto del Elector de Brandeburgo, que lo hizo bajo coacción). Carlos fue coronado rey de los Romanos en Aquisgrán (1520), adoptando el título de "Emperador electo".
La adquisición de Württemberg (1519–1520). Los consejeros de Carlos, como Zevenbergen, vieron en el ducado de Württemberg —estrategicamente ubicado entre Austria y los territorios suabos— una oportunidad para consolidar el poder de los Habsburgo en el sur de Alemania. Tras la derrota del duque Ulrico de Württemberg por el Schwäbischer Bund, los Habsburgo adquirieron el territorio en 1520, a pesar de la resistencia inicial de la corte por su alto costo (300,000 florines). Esta adquisición fortaleció su influencia en el Círculo de Suabia y bloqueó la expansión francesa hacia el Rin.
La Dieta de Worms (1521). El reinado de Carlos coincidió con el estallido de la Reforma Protestante. En 1521, la Dieta de Worms lo enfrentó directamente con Martín Lutero, cuya crítica a la Iglesia católica había ganado apoyo entre nobles, ciudades y el pueblo alemán. Los estados alemanes, liderados por Federico de Sajonia, exigieron que Lutero fuera escuchado antes de ser condenado, según la capitulación electoral que garantizaba derechos procesales a los súbditos alemanes. Carlos, criado en la ortodoxia católica, inicialmente intentó mediar, pero la presión de la Curia romana, representada por Hieronymus Aleander, y su propio sentido del deber dinástico lo llevaron a rechazar las ideas de Lutero. En su famosa declaración del 19 de abril de 1521, Carlos condenó a Lutero como hereje: "Es una vergüenza que, por nuestra negligencia, la herejía penetre en los corazones de los hombres". Sin embargo, el Edicto de Worms (25 de mayo de 1521), que prohibía las ideas luteranas, fue poco efectivo, los príncipes alemanes protegieron a Lutero, y la Reforma se extendió rápidamente. Este conflicto marcó el inicio de las guerras de religión que dividirían a Alemania y Europa.
Francisco I, derrotado en la elección imperial, buscó debilitar a Carlos mediante alianzas con Enrique VIII de Inglaterra (en el Campo de la Tela de Oro, 1520) y los estados italianos.
Carlos V soñó con un imperio universal cristiano, uniendo Europa bajo su cetro para luchar contra los turcos otomanos (que amenazaban Hungría y Viena) y reformar la Iglesia. Sin embargo, la realidad fue distinta:
- Falta de recursos: Los territorios heredados estaban endeudados, y las guerras (contra Francia, los turcos y los príncipes protestantes) agotaron las finanzas.
- Resistencia local: Los estados alemanes, celosos de su autonomía, rechazaron una centralización imperial.
- División religiosa: La Reforma fragmentó la unidad cristiana, haciendo imposible su proyecto de cristiandad unida.
El ocaso del sueño imperial. Para 1556, agotado y enfermo, Carlos V abdicó:
- Cedió España, los Países Bajos y las colonias a su hijo Felipe II.
- Dejó el título imperial a su hermano Fernando I, quien gobernaría Austria y el Sacro Imperio.
Su reinado había sido un intento de revivir el imperio de Carlo Magno, pero la Europa del siglo XVI ya no era la del medievalismo universal. La Paz de Augsburgo (1555), que permitió a cada príncipe alemán elegir entre luteranismo y catolicismo, simbolizó el fracaso de su visión unitaria.
Carlos V encarnó la tensión entre el ideal imperial y las realidades políticas de su tiempo. Su reinado fue un puente entre la Edad Media y la Europa moderna, marcado por:
- La globalización de los Habsburgo (unión de España, Austria y América).
- El conflicto religioso (Reforma y Contrarreforma).
- El surgimiento del estado-nación (Francia e Inglaterra), que erosionó el poder imperial.
Su figura sigue siendo símbolo de un mundo en transición, donde la ambición dinástica chocó con las fuerzas del cambio social y político. Como escribió su canciller Gattinara: Sois el camino hacia la monarquía universal, la unión de la cristiandad bajo un pastor. Pero la historia demostró que ese sueño era insostenible.
4. La idea de herencia y el imperio mundial.
El reinado de Carlos V (1500–1558) fue un "imperio universal" no solo por su extensión territorial, sino por su ambición de unir a la cristiandad bajo una misma corona. Sin embargo, su poder no se construyó mediante conquistas militares, sino a través de alianzas matrimoniales y herencias dinásticas, un legado de su abuelo, Maximiliano I. Este enfoque pacífico y calculado, permitió a la Casa Habsburgo consolidar su influencia en Europa mediante matrimonios estratégicos. Leonor, reina consorte, primero de Portugal y luego de Francia; Isabel, reina consorte de Dinamarca, Noruega y Suecia; María, reina consorte de Hungría y Bohemia; Catalina, reina consorte de Portugal; la tía Catalina, reina consorte de Inglaterra. Red de alianzas que reforzaba su hegemonía.
La relación entre Carlos y su hermano Fernando I (1503–1564) ilustra la tensión entre el ideal dinástico y las ambiciones personales. Tras la elección de Carlos como emperador en 1519, surgieron disputas sobre la distribución de los territorios hereditarios. Fernando, inicialmente marginado en España, recibió finalmente los ducados austriacos (1521) y fue nombrado regente imperial en Alemania. Los Tratados de Bruselas (1522) consolidaron esta división: Fernando obtuvo el control de Austria, Bohemia y Hungría, mientras Carlos conservaba los Países Bajos, España y los derechos imperiales. Esta partición no fue un acto de debilidad, sino una estrategia para asegurar la estabilidad del imperio, permitiendo a Fernando casarse con Ana de Hungría y Bohemia, fortaleciendo así la presencia de los Habsburgo en Europa Central. Carlos tiene una hija con Juana van der Gheynst, a la que llama Margarita, futura duquesa de Parma. Por esta época, Bernard van Orley pinta un cuadro de Carlos, que actualmente se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría.
Mientras Carlos consolidaba su poder en Alemania, España ardía en revueltas. La Revuelta de los Comuneros (1520–1521), liderada por ciudades castellanas como Toledo y Valladolid, reflejaba el descontento contra el gobierno de los consejeros flamencos y la ausencia del rey. Los comuneros, aunque invocaban lealtad a la monarquía, exigían reformas y la expulsión de los extranjeros. La derrota en la Batalla de Villalar (1521) y la ejecución de sus líderes (Padilla, Bravo y Maldonado) marcaron el fin de la rebelión, pero también revelaron la fragilidad del sistema. Paralelamente, en Valencia, la Germania (una revuelta de gremios contra la nobleza) demostró los conflictos sociales subyacentes. Carlos, apoyado por la nobleza y el clero, restauró el orden, pero a costa de profundizar las divisiones internas.
La política exterior de Carlos se centró en contener a Francia, gobernada por Francisco I. La alianza con Inglaterra (Wosley) y el Papa León X (1521), lograda con las negociaciones de Calais y Brujas, fue decisiva: Carlos V se comprometía a apoyar la elección de Wosley como Papa y a conquistar para el actual papa, Parma, Piacenza y, tal vez, Ferrara. Las tropas imperiales conquistan Milán, expulsan a los franceses y Tournai capitula. Pacto de Windsor de 1522. Tras la muerte de León X, la relación con el Papa Adriano VI (1522–1523), antiguo tutor de Carlos, fue más compleja: aunque compartían una visión reformista, las tensiones por la influencia española en la Curia Romana limitaron su colaboración. La tía Margarita gobernaba en Países Bajos, apoyada por el Gran Consejo de Malinas, un Consejo Privado y un Consejo de Hacienda.
El reinado de Carlos coincidió con la expansión española en América. La expedición de Magallanes (1519–1522), financiada por Carlos, que completó la primera circunnavegación del globo, abrió rutas comerciales hacia las Molucas, pero también generó conflictos con Portugal por el control de las especias. En México, Hernán Cortés conquistó el Imperio Azteca (1519–1521), enviando a España tesoros que asombraron a Europa y que fueron dibujados por Durero. Sin embargo, la explotación de los pueblos indígenas, denunciada por fray Bartolomé de las Casas, mancó el legado moral del imperio. Las Leyes Nuevas (1542), que buscaban proteger a los indígenas, llegaron tarde para evitar el colapso demográfico y cultural.
Carlos V gobernó un imperio donde no se ponía el sol, pero su grandeza tuvo un costo: guerras constantes, deudas insostenibles y tensiones religiosas (la Reforma protestante). Su abdicación en 1556 dividió el imperio: España y los Países Bajos para su hijo Felipe II, y Austria para Fernando. El imperio de Carlos V fue un proyecto ambicioso, basado en el derecho dinástico y la diplomacia, pero también en la represión y la explotación. Su legado es paradójico: mientras consolidó el poder habsbúrgico en Europa, sentó las bases para los conflictos religiosos y las crisis financieras que marcarían el siglo XVI. Su visión de unificar la cristiandad bajo un solo cetro chocó con la realidad de un mundo en transformación. Su figura encarna el ocaso del ideal medieval de un imperio universal y el nacimiento de la Europa moderna, fragmentada y en conflicto.
Libro Segundo.
Mantenimiento del poder heredado. Años de desenvolvimiento.
5. El Imperio, los estados europeos y la lucha por Italia (1522–1526)
A su regreso a España en 1522, Carlos V encontró un país sumido en guerras casi permanentes. Las alianzas eran frágiles, movidas por intereses dinásticos, económicos y religiosos, mientras los Estados europeos, desde el Sacro Imperio hasta los reinos ibéricos, luchaban por consolidar su poder. La Guerra de Italia (1494–1559) era el conflicto central, donde Francia, España y el Imperio se disputaban la hegemonía, especialmente en Milán y Nápoles. La Reforma protestante y la amenaza otomana añadían complejidad al horizonte político.
Carlos V delegó la regencia alemana en su hermano Fernando I, pero la falta de recursos y el descontento de los príncipes alemanes, agravado por la Cuestión Luterana, debilitaron su autoridad. En los Países Bajos, su tía Margarita de Austria gobernaba con mano dura, pero las tensiones con las ciudades y la nobleza (como en Frisia o Güeldres) persistían. La Liga de Esmalcalda (protestante) y los conflictos con Francia y Dinamarca (donde el depuesto Cristián II buscó refugio) reflejaban la fragmentación del poder imperial.
En España, Carlos V consolidó su autoridad tras sofocar la Rebelión de los Comuneros (1520–1522), pero enfrentaba resistencias en Aragón y Navarra, además de la amenaza berberisca en el Mediterráneo. Su matrimonio con Isabel de Portugal (1526) buscaba fortalecer alianzas y finanzas, pero la burocracia y las Cortes limitaban su margen de acción.
En Italia, Lombardía era el epicentro del conflicto. Tras la victoria imperial en Bicocca (1522), donde los tercios españoles y los landsknechts alemanes derrotaron a los franceses, Carlos V recuperó Milán para Francesco Sforza. Pero fue la Batalla de Pavía (1525) la que marcó un punto de inflexión, Francisco I de Francia fue capturado y enviado a España. La victoria permitió a Carlos V imponer el Tratado de Madrid (1526), donde Francisco I renunciaba a Borgoña, Flandes, Artois, Nápoles y Milán, aceptaba a Leonor por esposa, además de comprometerse a combatir a los otomanos y a los protestantes. A cambio, sería liberado tras pagar un rescate y entregar a sus hijos como rehenes. Sin embargo, el tratado fue incumplido por Francisco I al recuperar su libertad, reanudando la guerra con la Liga de Cognac (1526).
El Papado. Adriano VI (1522–1523) intentó mediar entre Carlos V y Francisco I, pero su neutralidad y su llamado a la paz chocaron con los intereses imperiales. Clemente VII (1523–1534) se inclinó hacia Francia. Tras Pavía, se alió con Carlos V, pero su apoyo fue ambivalente. Temía el dominio español en Italia y, tras el Saco de Roma (1527), se decantó por Francia.
La cuestión de Milán fue clave, Carlos V prefirió mantener a Francesco Sforza, como duque y vasallo, en lugar de anexionarlo directamente, evitando así conflictos con Venecia y el Papado. Sin embargo, la ambición de Borbón (que aspiraba a Milán) y las intrigas de los Medici mantuvieron la región en tensión.
Carlos V soñaba con un Imperio universal cristiano, pero la realidad le imponía muchas trabas. Falta de recursos: Las guerras agotaban las arcas. Las Cortes españolas y los banqueros alemanes (Fugger) financiaban sus campañas, pero a costa de deudas insostenibles. Traiciones y alianzas frágiles: Enrique VIII abandonó el bando imperial tras el Tratado de Moore (1525), priorizando sus intereses. Venecia y los Estados italianos temían la hegemonía española, aliándose con Francia cuando convenía. La Reforma Protestante: Mientras Carlos V luchaba en Italia, Lutero ganaba adeptos en Alemania. El Edicto de Worms (1521) no se aplicaba, y los príncipes protestantes (como Federico de Sajonia) desafiaban su autoridad. El problema turco: La expansión otomana (tomada de Belgrado, 1521; sitio de Viena, 1529) desviaba recursos y atención.
Carlos V logró victorias militares (Pavía, 1525 y Túnez, 1535), pero su falta de consolidación política y las contradicciones internas del Imperio lo llevaron a un agotamiento estratégico. Su obsesión por Borgoña (su herencia burgundia) y su visión medieval de la cristiandad unida chocaban con la realidad de una Europa fragmentada. Para 1526, el Imperio estaba:
- Endeudado hasta límites insostenibles.
- En guerra con Francia (nuevamente) y sin el apoyo de Inglaterra.
- Dividido religiosamente (protestantes vs. católicos).
- Amenazado por los otomanos.
Su reinado sentó las bases del dominio español en Europa, pero también reveló los límites de un proyecto imperial que pretendía abarcar desde Flandes hasta Nápoles, y desde Alemania hasta América.
6. Imperio y papado 1526 - 1530
Uno de los momentos más críticos del reinado de Carlos V: la relación entre Imperio y Papado de 1526 a 1530, marcada por tensiones políticas, conflictos militares y profundos dilemas religiosos. Fuerzas estructurales, más que decisiones individuales, empujan a los protagonistas hacia consecuencias devastadoras.
En 1526, Carlos V finalmente contrae matrimonio con Isabel de Portugal, su prima, en un fastuoso evento en Sevilla. La boda refuerza los lazos entre las coronas ibéricas y consolida su imagen como monarca piadoso y tradicional. Isabel, retratada por Tiziano como el epítome de la nobleza, se convierte en una figura clave para Carlos, quien siempre le profesó un cariño genuino. Sin embargo, mientras el emperador disfruta de su luna de miel en la Alhambra, Francia rompe el Tratado de Madrid. Francisco I, liberado tras su captura en Pavía (1525), se niega a cumplir lo pactado (como ceder Borgoña o pagar el rescate por sus hijos) y forma la Liga de Cognac (1526) con el Papa Clemente VII, Venecia, Florencia y Milán. El objetivo: expulsar a los españoles de Italia y debilitar el poder imperial. Clemente VII, aunque inicialmente aliado de Carlos, se suma a la liga por miedo a la hegemonía española y por presiones de los cardenales italianos. Francisco I justifica su incumplimiento alegando que el tratado fue firmado bajo coacción. Lannoy, representante imperial, intenta negociar en vano. Carlos, furioso, declara que el rey francés ha actuado "sin honor, como un villano", y se prepara para la guerra.
Mientras, en Alemania, el Reichstag de Spira (1526) refleja la división religiosa. Los príncipes protestantes (como Sajonia y Hesse) exigen libertad para interpretar el Edicto de Worms (que condenaba a Lutero) según su conciencia, mientras los católicos (como Baviera) apoyan al emperador. El resultado es un compromiso ambiguo: cada estado actuará "como pueda responder ante Dios y el emperador". Esto marca el inicio del conflicionalismo religioso que luego derivará en guerras.
En Italia, la situación es explosiva. Clemente VII, temeroso del poder imperial y presionado por intereses territoriales, rompe con Carlos y se alía con Francia y otros estados italianos. Esta decisión desemboca en el Sacco di Roma de 1527: Tropas imperiales, mal pagadas y fuera de control, avanzan hacia Roma; la muerte del condestable Borbón al inicio del asalto deja al ejército sin mando efectivo y los soldados, liderados por Frundsberg (enfermo y incapaz de controlarlos), saquean la ciudad durante meses. El papa queda prácticamente prisionero en el Castel Sant’Angelo. Carlos V no deseó el saqueo, pero su política ambigua, lenta y excesivamente confiada en la providencia contribuyó indirectamente al desastre. En la corte imperial, el acontecimiento es interpretado como un castigo divino más que como un fracaso político, lo que revela una mentalidad profundamente religiosa y fatalista.
Los erasmistas, Gattinara, los hermanos Alonso y Juan de Valdés, inspirados por Erasmo de Rotterdam, defienden una visión del emperador como rey cristiano, llamado a reformar la Iglesia, restablecer la paz y anteponer el bien común a la ambición territorial. Alonso de Valdés, emerge como un brillante publicista político: redacta la respuesta imperial a las acusaciones del papa, denunciando la hipocresía y la mala fe de la Curia, y advierte que la guerra entre cristianos sólo conduce a la ruina de la Iglesia. Carlos exige reformas a Clemente VII, incluyendo un concilio para unificar la Iglesia
A pesar del trauma del saqueo, la política imperial se orienta hacia la reconciliación. Clemente VII y Carlos V firman la Paz de Barcelona (1529). El Papa reconoce la autoridad imperial en Nápoles y Milán. Carlos devuelve Ravenna y otras ciudades al Papado. Se acuerda un concilio futuro. Francia queda aislada: Francisco I, sin aliados, acepta el Tratado de Cambrai (1529), donde renuncia a sus claims en Italia y paga un rescate por sus hijos. En Bolonia, en 1530, el emperador recibe la corona imperial de manos del papa, última coronación de este tipo en la historia, símbolo de una unidad restaurada pero profundamente debilitada. Ceremonia anacrónica, un esplendor medieval en un mundo que ya ha cambiado irreversiblemente. Gattinara, el cerebro político de Carlos, muere en 1530. Con él se va la visión de un imperio universal cristiano. Carlos intentará imponer su autoridad en la Dieta de Augsburgo (1530), pero fracasará. La sumisión de Florencia y el retorno de los Médici al poder, impuesto por las armas imperiales a instancias del papa. El fin definitivo de las libertades republicanas italianas y el triunfo de una política de fuerza sobre los ideales humanistas. Solimán el Magnífico amenaza Europa. Fernando (hermano de Carlos) defiende Viena en 1529, pero el peligro persiste.
Carlos V como una figura trágica: profundamente religiosa, convencida de cumplir una misión divina, pero atrapada entre la Reforma, la ambición de los estados, la debilidad papal y la inercia de un imperio demasiado vasto para ser gobernado con coherencia. Su grandeza y su fracaso nacen de la misma fuente.
7. La Reforma Protestante y el Conflicto en Alemania (1526–1534)
Carlos V, un monarca profundamente católico, se enfrentó a una Alemania dividida por la Reforma de Martín Lutero. Mientras el emperador veía la unidad religiosa como pilar de su imperio, los príncipes alemanes buscaban autonomía política y religiosa. Lutero, aunque inicialmente respetuoso del poder imperial, terminó cuestionando la autoridad de la Iglesia romana y los príncipes vieron la oportunidad para liberarse del control del Papa y del emperador.
El problema no era solo teológico, sino político: la Reforma desestabilizaba el orden tradicional, donde la Iglesia y el Imperio estaban entrelazados. Para 1529, la tensión era evidente:
- Los príncipes protestantes (como Juan de Sajonia y Felipe de Hesse) rechazaban el Edicto de Worms (1521), que condenaba a Lutero.
- Las ciudades imperiales (Núremberg, Estrasburgo) adoptaban ideas reformistas, desafiando la autoridad imperial.
- La Liga de Schmalkalden (1531) unió a príncipes protestantes en un frente común contra Carlos V.
La Dieta de Augsburgo. En 1530, Carlos V convocó para resolver el conflicto religioso. Los protestantes presentaron la Confesión de Augsburgo (redactada por Melanchthon), un documento que definía sus creencias y rechazaba los abusos de la Iglesia católica. Aunque el emperador buscaba un compromiso pacífico, las negociaciones fracasaron, los católicos (liderados por el legado papal Campeggio y teólogos como Johannes Eck) exigían la sumisión total a Roma y los protestantes (apoyados por Sajonia y Hesse) se negaban a retroceder, alegando que su conciencia no les permitía aceptar la autoridad papal.
Carlos V, frustrado, amenazó con usar la fuerza militar si no se sometían. Sin embargo, la falta de consenso entre los príncipes católicos (como Guillermo de Baviera, que desconfiaba de los Habsburgo) le impidió actuar. La dieta terminó sin acuerdo. Los protestantes, ahora llamados "evangélicos", se organizaron en la Liga de Schmalkalden, mientras Carlos V se vio obligado a tolerar temporalmente sus demandas para evitar una guerra civil.
Carlos V enfrentaba un dilema estratégico, reprimir a los protestantes podría provocar una guerra civil en Alemania. Negociar debilitaba su autoridad como defensor de la Iglesia católica. Y convocar a un concilio sin el apoyo del papa no tenía sentido. El emperador optó por una política de contención. En 1532 firmó la Paz de Núremberg, suspendiendo temporalmente las disputas religiosas para enfocarse en la amenaza turca (Suleimán el Magnífico avanzaba hacia Viena) y en 1534, perdió Wurtemberg (un bastión estratégico) ante los protestantes, apoyados por Francia. Aunque Fernando I (su hermano) logró un acuerdo con los príncipes alemanes, el costo fue alto: reconocer la Liga de Schmalkalden y ceder influencia en el sur de Alemania.
El agotamiento. La enfermedad, el cansancio y la decepción del emperador minan su energía, mientras su religiosidad se vuelve más interior y reflexiva. Carlos deja de verse como el arquitecto de un nuevo orden y comienza a concebirse como un instrumento imperfecto de la voluntad divina. Esta transformación espiritual prepara el terreno para su posterior retirada de la vida política.
Carlos V no logró unificar la cristiandad bajo su cetro. Al contrario:
- La Reforma se consolidó, para 1534, el protestantismo era una fuerza política en Alemania, Escandinavia (Dinamarca, Suecia) e incluso Inglaterra (donde Enrique VIII rompió con Roma).
- El Imperio se fragmentó, los príncipes alemanes ganaron autonomía, sentando las bases del sistema de estados modernos.
- El Papado perdió poder, la autoridad moral de Roma quedó debilitada, y el concilio que Carlos V anhelaba nunca se celebró en sus términos.
El emperador que soñó con ser un nuevo Carlomagno terminó acelerando el fin del universalismo medieval. Su rigidez religiosa y su incapacidad para adaptarse a los cambios lo convirtieron en un gobernante atrapado entre dos épocas.
- Carlos V. Defender la unidad católica y el poder de los Habsburgo.
- Martín Lutero. Reformar la Iglesia desde dentro; después, romper con Roma.
- Felipe de Hesse. Unir a los príncipes contra Carlos V; expandir su influencia territorial.
- Juan de Sajonia. Equilibrar poder político y religioso en su territorio.
- Clemente VII. Evitar que un concilio debilite su autoridad; mantener el statu quo.
- Fernando I. Mediar entre protestantes y católicos para evitar la guerra.
Carlos V subestimó el poder de las ideas. Creyó que la Reforma era un problema de herejía individual (como Lutero), no un movimiento político-social respaldado por príncipes y ciudades. Su error fue:
- No entender que la religión y la política estaban entrelazadas: Los príncipes usaron la Reforma para ganar independencia del Imperio.
- Confiar en la fuerza bruta: Amenazar con la guerra sin tener apoyo unificado de los príncipes católicos.
- Subestimar a Francia: Francisco I financió a los protestantes para debilitar a los Habsburgo.
8. Política mundial (1532–1538)
En 1532, Carlos V miraba atrás con una mezcla de orgullo y frustración. Había logrado consolidar su dominio en Italia (desde Nápoles hasta Milán), estabilizar España tras años de revueltas, y contener temporalmente a los protestantes en Alemania. Pero nada era permanente. Italia lo odiaba en secreto: Florencia, Venecia y Milán simpatizaban con Francia, su eterno rival. España estaba cansada de su ausencia, las élites locales querían un rey presente, no un emperador ausente. Alemania disfrutaba de una paz religiosa frágil, pero los príncipes protestantes (como Felipe de Hesse) se organizaban en la Liga de Schmalkalden. La política dinástica como principio estructurador del poder: matrimonios, herencias y alianzas familiares sustituyen a instituciones imperiales inexistentes. Carlos V gobernaba un imperio fragmentado (Burgundia, España, Italia, América, los Países Bajos) sin instituciones unificadas. Todo dependía de su persona y de su familia (Fernando I, María de Hungría). Sin un sistema centralizado, cada región tiraba para su lado.
Mientras Europa ardía en conflictos religiosos, América era la gallina de los huevos de oro del imperio. Cortés había sometido México (1521). Pizarro repetía la hazaña en Perú (1532–1533), derrocando al Inca Atahualpa con solo 180 hombres. Masacres como la de Tenochtitlan y Cajamarca con la destrucción de los Imperios Mexica e Inca dejaron un legado de violencia. Carlos V recibió el botín (oro y plata) y cerró los ojos ante los abusos. La familia Welser (banqueros alemanes) financió expediciones a Venezuela a cambio de monopolios comerciales. Pero la colonización fue un desastre: Ambrosius Ehinger (gobernador) murió envenenado por flechas indígenas, y su sucesor, Nikolaus Federmann, casi provoca una guerra civil entre conquistadores. Carlos V justificaba la conquista como misión evangelizadora (y en verdad lo creía), pero en realidad era una carrera por el oro. Incluso teólogos como Francisco de Vitoria (1532) cuestionaban la legitimidad de someter a los indígenas, pero el emperador priorizó el beneficio económico.
El mayor enemigo de Carlos V no era Francia, sino el Imperio Otomano. Los turcos otomanos seguían siendo una amenaza constante, aunque su avance en Viena (1529) y Hungría había sido frenado. Los piratas berberiscos, liderados por Barbarroja (Jair-ed-Din), saqueaban las costas españolas e italianas, secuestrando cristianos para venderlos como esclavos. La respuesta del emperador fue directa. En 1535, la conquista de Túnez. Carlos lideró personalmente una flota de 400 barcos (españoles, italianos, portugueses y malteses) para tomar la ciudad. Fue su mayor triunfo militar, aunque la victoria fue temporal, Barbarroja reconstruyó su poder en Argel.Francisco I de Francia financiaba a Barbarroja para debilitar a Carlos V. En 1536, los otomanos y franceses firmaron una alianza formal, algo escandaloso para la Europa cristiana. El Papa Paulo III (elegido en 1534) simpatizaba con Carlos V, pero evitaba comprometerse. El emperador soñaba con un concilio ecuménico para unir a la cristiandad, pero el Papa temía que Francia lo saboteara. El conflicto con Francia era un círculo vicioso. Invasión de Provenza, 1536. Intento de atacar Francia por el sur (Provenza). Táctica francesa de tierra quemada. Tregua de Niza, 1538. Tras años de guerra, Carlos, Francisco y Paulo III se reunieron en Niza para negociar una tregua de 10 años.
Creer que la fuerza militar podía imponer la unidad. La historia demostró que Europa necesitaba un nuevo orden, no un emperador.
9. El fracaso del equilibrio (1538–1542)
Carlos V gobernaba un imperio demasiado grande para ser controlado: desde España hasta los Países Bajos, pasando por Italia, América y el Sacro Imperio. Su obsesión era preservar el legado de sus antepasados (la unidad católica, el poder de los Habsburgo), pero cada región tenía sus propios intereses. No había instituciones unificadas, solo su autoridad personal, cada vez más debilitada. Francia seguía siendo su enemigo número uno, aliada con los turcos otomanos (¡escándalo en la Europa cristiana!) y los príncipes protestantes alemanes. Alemania estaba dividida: la Liga de Schmalkalden ganaba fuerza, mientras los católicos, como Baviera, presionaban por una guerra religiosa. El Papa Paulo III jugaba a dos bandas: prometía un concilio ecuménico para reformar la Iglesia, pero saboteaba cualquier acuerdo que debilitara su poder. Los turcos avanzaban en Hungría, y Barbarroja seguía saqueando las costas mediterráneas desde Argel.
Carlos V no era ni un genio militar ni un diplomático brillante, pero tenía voluntad de hierro. Su estrategia fue negociar y amenazar con la guerra al mismo tiempo. Sin embargo, sus planes chocaban con la realidad. No tenía dinero (el oro de América se esfumaba en guerras), sus aliados lo traicionaban (como Francia o los príncipes alemanes) y el Papa lo abandonaba cuando más lo necesitaba.
El emperador soñaba con unificar a católicos y protestantes mediante un concilio o al menos un acuerdo temporal (como el Receso de Núremberg, 1532), pero cada intento terminaba en fracaso. La misión del canciller Held (1537) fue un desastre diplomático. Carlos V envió a Matthias Held, un funcionario rígido y católico intransigente, a negociar con los príncipes protestantes. Su misión era ofrecer concesiones menores (como suspender procesos judiciales contra ellos), evitar que se aliaran con Francia y promover un concilio en Alemania. El resultado fue que Held provocó a los protestantes con su actitud arrogante. En la Dieta de Schmalkalden (1537), los príncipes lo echaron con cajas destempladas, acusándolo de querer imponer la guerra. Peor aún, Held inventó un "plan secreto" para crear una liga católica contra ellos, algo que Carlos V nunca había autorizado. El emperador, al enterarse, lo destituyó de manera fulminante.
En 1541, Carlos V organizó un diálogo teológico en Ratisbona para buscar un acuerdo. Participaron teólogos católicos y protestantes. Se logró un acuerdo parcial en temas como la justificación por la fe (doctrina central de Lutero), pero chocaron en la Eucaristía. ¿El pan y el vino se convertían literalmente en el cuerpo de Cristo o era un símbolo? Lutero rechazó el acuerdo desde Wittenberg, llamándolo una traición. Paulo III condenó las negociaciones, diciendo que solo un concilio universal (bajo su control) podía resolver el cisma. Alfinal el emperador había gastado meses y recursos en un diálogo que nadie respetó. Los protestantes seguían unidos en la Liga de Schmalkalden, y los católicos, divididos.
Mientras Carlos V intentaba pactar con los protestantes, Francia lo apuñalaba por la espalda. En 1539, el emperador cruzó Francia (¡su enemigo!) para llegar a los Países Bajos. El rey Francisco I lo recibió con falsas sonrisas, prometiendo paz, pero en secreto negociaba con los turcos para atacar a Carlos V, apoyaba al duque de Cleve (enemigo de los Habsburgo en Alemania) y saboteaba el concilio para mantener dividida a la cristiandad. Carlos V, ingenuamente, creyó que podía ganarse a Francisco I con matrimonios dinásticos (como casar a su hija María con el duque de Orleans), pero el rey francés solo quería Mílán.
Tras el éxito en Túnez (1535), Carlos V quiso repetir la hazaña en Argel, bastión de Barbarroja. Reunió una flota de 500 barcos y 24,000 hombres, pero el clima lo traicionó, una tormenta destruyó 150 barcos con suministros y los turcos contraatacaron. Las tropas, hambrientas y desorganizadas, casi son masacradas. Hernán Cortés, presente en la batalla, le suplicó que siguiera luchando, pero el emperador ordenó retirarse. Perdió 8,000 hombres y su prestigio militar. Al mismo tiempo, su hermano Fernando I perdía Budapest ante los turcos. Doble derrota.
Los Países Bajos eran el corazón económico del imperio, pero Gante se rebeló en 1539. La competencia de Amberes arruinaba su industria textil, la regente María de Hungría (hermana de Carlos V) exigía más dinero para guerras y los gremios querían autonomía, como en la Edad Media. Los rebeldes quemaron documentos imperiales y humillaron a la nobleza, pidieron ayuda a Francia, pero Francisco I los abandonó. Carlos V llegó a Gante en febrero de 1540 con 5,000 soldados, ejecutó a los líderes (como Lievin Pyn, un anciano torturado), destruyó un barrio entero para construir una ciudadela (símbolo de su poder) e hizo caminar descalzos a los concejales, en camisa y con una soga al cuello, para pedir perdón. Gante perdió sus privilegios y Carlos V reafirmó su autoridad, pero la semilla del odio ya estaba plantada.
10. El gran plan de 1543 y el ocaso de un imperio
Carlos V gobernaba un monstruo administrativo. Sin embargo, sus arcas estaban vacías. España, aunque rica en teoría —gracias a la Alcabala (impuesto sobre ventas), el Servicio (contribuciones de las Cortes) y el oro de América (unos 90 millones de maravedíes anuales en los años 40)—, gastaba más de lo que ingresaba. Los Fugger y otros banqueros le prestaban dinero a intereses abusivos, hipotecando futuros ingresos. En 1543, el déficit era escandaloso: de los 2 millones de ducados que necesitaba para sus guerras, solo cubría dos tercios con impuestos y préstamos; el resto lo obtenía vendiendo rentas futuras o pidiendo limosnas a la Iglesia. En 1538, las Cortes de Castilla rechazaron su propuesta de una nueva "sisa" (impuesto al consumo), porque la nobleza no quería pagar. El emperador, en lugar de imponer su autoridad, cedió.
La situación en los Países Bajos era aún peor. La regente María de Hungría (su hermana) escribía cartas desesperadas: "No tenemos dinero para pagar a los soldados, y los franceses nos atacan por todas partes". La revuelta de Gante (1539–1540), donde los gremios quemaron documentos imperiales y ejecutaron a nobles, había dejado al descubierto la fragilidad del dominio de los Habsburgo.
Tras el desastre de Argel (1541), donde una tormenta destruyó su flota y 8,000 hombres murieron, Carlos V replanteó su estrategia. Su plan: Recuperar el ducado de Cleve (en manos del duque Guillermo, aliado de Francia); aislar a Francia mediante una alianza con Inglaterra y el Papa; y forzar a los príncipes alemanes a someterse. Para ello, escribió dos testamentos políticos a su hijo Felipe II (entonces de 16 años), documentos que revelan su visión del mundo y sus miedos:
"Gobernad con justicia, pero sin debilidad". Le advierte que los consejeros lo adularán, que debe evitar los excesos (como su tío, el príncipe Juan, que murió por su vida disipada) y que el poder se basa en el miedo y el respeto, no en el afecto.
"El dinero es la sangre del Estado". Le confiesa que las finanzas están en ruinas y que, si no se reforma el sistema, España se arruinará. Propone incluso recuperar la "sisa" (impuesto al consumo), aunque él mismo la había rechazado.
"No confíes en nadie". El cardenal Tavera (arzobispo de Toledo) es honesto, pero no dejes que te domine. Cobos (su secretario) es leal, pero su ambición es peligrosa. El duque de Alba es ambicioso; úsalo solo para la guerra. Granvelle (su diplomático estrella) es el mejor, pero que no te manipule.
En sus negociaciones con Paulo III (1543), Carlos V se negó a ceder Mílán a cambio de paz. "Desde que el mundo es mundo, el derecho a un territorio se gana con las armas, no con papeles". Mentalidad medieval: la guerra como único lenguaje válido. En agosto de 1543, Carlos V lanzó su ofensiva contra el ducado de Cleve. Con 40,000 hombres (españoles, italianos y alemanes), tomó Düren (23 de agosto) y Roermond (2 de septiembre) en cuestión de días. El duque Guillermo de Cleve, abandonado por sus aliados (Francia y Dinamarca), se rindió el 7 de septiembre. Cleve perdió Geldern y Zutphen (cedidos al imperio), conservó otros territorios, pero juró lealtad a Carlos V. El emperador escribió en sus memorias: "Este éxito me demostró que, con los medios adecuados, es fácil someter a los rebeldes". La victoria no resolvió nada. Francia seguía siendo una amenaza, los príncipes alemanes no se doblegaron y el Papa Paulo III negociaba en secreto con Francisco I. Peor aún, Inglaterra no cumplió su promesa de atacar Francia desde Calais.
Carlos V soñaba con un concilio ecuménico para unificar la cristiandad. En Busseto (junio 1543), el Papa rechazó apoyar al emperador contra Francia, a pesar de que Francisco I se había aliado con los turcos. Diego Mendoza (embajador español en Venecia) le espetó al emperador: "¿Por qué cedeis Mílán al Papa cuando es vuestro por derecho de conquista? ¡Sois más débil que Sila!". Francia y el Papa planeaban un paz separada para dejar a Carlos V solo. El cardenal Farnese negoció con Francisco I una boda entre su hija Vittoria Farnese y el duque de Orleans (heredero francés), ignorando los planes de Carlos V.
En la Dieta de Spira (1544), el emperador también jugó sucio. Prometió a los príncipes protestantes que no los atacaría si ayudaban contra Francia, mientras en secreto firmaba un acuerdo con el duque Mauricio de Sajonia (protestante) para dividir a la Liga de Schmalkalden. El Papa lanzó un edicto (agosto 1544) condenando el acuerdo de Spira como una traición a la Iglesia.
Carlos V invadió Francia en junio de 1544 con 50 mil hombres. Su plan era tomar Metz (clave para controlar Lorena), avanzar hacia París, mientras Inglaterra atacaba desde Calais; y forzar a Francisco I a firmar la paz. Pero Metz resistió, los ingleses no avanzaron (Enrique VIII prefería sitiar Boulogne) y en abril de 1544 los franceses derrotaron a las tropas imperiales en Ceresole, Italia. Al final, Francisco I, acorralado, ofreció la paz. Carlos V, sin dinero y con sus tropas exhaustas, aceptó.
En el Tratado de Crépy (septiembre 1544) Francia reconoció las conquistas de Carlos V (Mílán, Nápoles, Países Bajos). El duque de Orleans (heredero francés) se casaría con una hija del emperador (María de Austria o Ana de Hungría), recibiendo Mílán o los Países Bajos como herencia. Francisco I prometió ayudar contra los turcos y los protestantes.
En 1544, Carlos V parecía invencible: había derrotado a Cleve, humillado a Francia y controlaba medio Europa. Pero la realidad era otra. Sus finanzas eran un desastre: Dependía de préstamos usureros y hipotecaba el futuro de España. Sus aliados lo traicionaban: El Papa, Francia e incluso los príncipes protestantes jugaban doble juego. Su salud se deterioraba: La gota lo dejaba postrado semanas, y su obsesión por la guerra lo aislaba de la realidad. Europa ya no quería emperadores: Las naciones preferían reyes locales (como Francisco I en Francia o Enrique VIII en Inglaterra) antes que un imperio universal.
11. La Guerra de Schmalkalden: El ocaso de un sueño imperial
El dilema religioso: ¿Concilio, guerra o traición?
Carlos V enfrentaba un triple conflicto:
Los protestantes alemanes (Liga de Schmalkalden), que rechazaban su autoridad y exigían libertad religiosa.
El Papa Paulo III, que jugaba a dos bandas: prometía un concilio para reformar la Iglesia, pero saboteaba cualquier acuerdo que debilitara su poder en Italia.
Francia, aliada con los turcos y los príncipes protestantes, financiando rebeliones contra él.
El emperador soñaba con un concilio ecuménico que unificara a católicos y protestantes bajo su liderazgo. Pero nadie quería ceder:
Los protestantes desconfiaban de sus intenciones (con razón: en 1541, tras el fracaso de las negociaciones en Ratisbona, ya planeaba la guerra).
El Papa rechazaba cualquier reforma que limitara su autoridad.
Los príncipes católicos (como Baviera) exigían sangre, no diálogos.
Su error fatal: Creer que podía manipular a ambos bandos. En 1545, tras firmar la paz con Francia en Crépy, fingió buscar un acuerdo con los protestantes en el Reichstag de Worms (1545), mientras en secreto negociaba con el Papa un ejército para aplastarlos. Cuando los protestantes descubrieron el engaño, ya era tarde.
La Guerra de Schmalkalden (1546–1547): Victoria militar, derrota moral
En abril de 1546, Carlos V declaró la guerra a la Liga de Schmalkalden. Su estrategia:
Dividir a los protestantes: Sobornó al duque Mauricio de Sajonia (yerno del líder protestante, Felipe de Hesse) para que traicionara a su suegro.
Usar la fuerza bruta: Con 50,000 hombres (españoles, italianos y mercenarios alemanes), avanzó hacia el sur de Alemania.
Aislar a los líderes: Capturó al elector Juan Federico de Sajonia en la batalla de Mühlberg (24 de abril de 1547), un combate donde la artillería española arrasó a las tropas protestantes.
Resultado:
Juan Federico perdió el electorado de Sajonia (cedido a Mauricio, su traidor pariente).
Felipe de Hesse fue encarcelado (murió en prisión en 1552).
Las ciudades protestantes (como Magdeburgo) resistieron, pero el emperador impuso el Interim de Augsburgo (1548), un decreto que obligaba a los protestantes a aceptar prácticas católicas (como la misa en latín) hasta que un concilio decidiera. Nadie lo cumplió.
Ironía histórica: Carlos V ganó la guerra, pero perdió la paz. Los príncipes protestantes, humillados, se rebelaron de nuevo en 1552, forzando la Paz de Augsburgo (1555), que legalizó el protestantismo en Alemania. Su victoria fue pírrica: gastó fortunas, perdió apoyos y aceleró el declive de su imperio.
El Concilio de Trento (1545–1547): El Papa lo traiciona
Mientras Carlos V luchaba en Alemania, el Concilio de Trento (convocado en 1545) se estancó:
El Papa Paulo III lo suspendió en 1547 y lo trasladó a Boloña, ignorando las protestas del emperador.
Los obispos discutían si reformar la Iglesia o definir dogmas, pero no hacían nada útil.
Carlos V, furioso, envió a su embajador Diego Mendoza a protestar: "El Papa nos metió en esta guerra contra los protestantes y ahora nos abandona".
El colmo: Cuando el emperador pidió ayuda militar al Papa para la guerra, este retiró sus tropas en pleno conflicto (1547), dejando a Carlos V solo contra los príncipes alemanes. La alianza con la Iglesia se rompió para siempre.
El "Interim" de 1548: Un parche fallido
Tras la guerra, Carlos V intentó imponer un "acuerdo temporal" (el Interim de Augsburgo) para revertir el protestantismo:
Prohibía el matrimonio de sacerdotes (aunque lo toleraba en algunos casos).
Mantení la misa en latín y la jerarquía católica.
Permitía la comunión bajo las dos especies (pan y vino), una concesión a los protestantes.
Problemas:
Los protestantes lo rechazaron: Lo vieron como una imposición católica.
Los católicos lo criticaron: Decían que era demasiado blando con los herejes.
El Papa lo condenó: Lo llamó "una traición a la fe".
Conclusión: Fue un fracaso total. Ni siquiera sus aliados lo apoyaron. Carlos V comprendió demasiado tarde que no podía imponer la unidad religiosa por la fuerza.
El testamento político de 1548: Un emperador agotado
En enero de 1548, Carlos V escribió su testamento político para su hijo, Felipe II. El documento revela su desesperación y lucidez:
"Mantén la alianza con tu tío Fernando (Austria), pero no confíes en nadie": Sabía que los Habsburgo solo sobrevivirían unidos.
"Evita la guerra, pero si es necesaria, gánala rápido": Sus guerras interminables habían arruinado a España.
"No cedas ni un palmo de tierra a Francia": Su obsesión por Mílán, Flandes y Borgoña lo llevó a gastar vidas y fortunas.
"Cásate con la princesa francesa (para la paz), pero vigila a los Farnese (el Papa)": Desconfiaba hasta de sus aliados.
"Reforma la Iglesia, pero sin debilitar tu poder": Soñaba con un catolicismo puro, pero ya era imposible.
Su legado: Un imperio demasiado grande para gobernarse, financiado con deudas impagables y defendido por ejércitos exhaustos. Felipe II heredaría un reino al borde del colapso.
El retrato de Tiziano (1548): El rostro de la derrota
El famoso retrato de Tiziano (pintado en Augsburgo en 1548) muestra a un Carlos V envejecido, enfermo y solo:
Ropas simples, sin el boato de otros retratos: ya no era el emperador triunfal de 1530.
Mirada cansada, manos crispadas: La gota lo torturaba, y las derrotas políticas lo consumían.
Fondo oscuro con un paisaje lejano: Símbolo de un hombre que perdió el rumbo.
Su frase final: "Dios me ha dado estos reinos, pero también me ha mostrado sus límites".
¿Por qué fracasó Carlos V?
Subestimó el protestantismo: Creía que era una rebelión temporal, pero era el futuro de Europa.
Confió en la fuerza bruta: Gastó fortunas en guerras (como la de Schmalkalden) en lugar de reformar su imperio.
Sus aliados lo traicionaron: El Papa, Francia e incluso sus propios familiares (como Mauricio de Sajonia) lo apuñalaron por la espalda.
El mundo cambió sin él: Europa ya no quería emperadores universales, sino Estados nacionales (Francia, Inglaterra, los príncipes alemanes).
Su tragedia: Fue el último gran emperador medieval, pero vivió en una era que ya no entendía. Murió en 1558, dejando un imperio dividido, endeudado y en guerra consigo mismo.
12. El adiós de un gigante cansado
La abdicación: Un acto de humildad forzada
En 1555, Carlos V era un hombre destruido:
Físicamente: La gota lo dejaba postrado en una silla, con las manos deformadas y un dolor que lo torturaba día y noche. Sus médicos, como el fiel Dr. Mathys, le suplicaban que cambiara su dieta (su obsesión por la cerveza fría al amanecer empeoraba todo), pero él se negaba con terquedad.
Políticamente: Su imperio era un gigante con pies de barro:
Alemania lo había rechazado tras el Interim de Augsburgo (1548) y la Paz de Augsburgo (1555), que legalizó el protestantismo.
Francia seguía siendo su enemigo eterno, ahora bajo Enrique II, quien ocupó Metz (1552) en una humillación que Carlos no superó.
El Papa Paulo IV (un fanático anticuado) lo declaró hereje y se alió con Francia para expulsar a los españoles de Italia.
Sus aliados lo traicionaban: Hasta su hermano Fernando (ahora emperador) lo evitaba, y su hijo Felipe II solo pensaba en gobernar España.
El detonante: La muerte de su madre, Juana la Loca (1555), y el fracaso de su matrimonio inglés (su hija María Tudor, reina de Inglaterra, no logró tener herederos). Ya no tenía fuerzas para seguir.
La ceremonia en Bruselas (25 de octubre de 1555) fue un espectáculo desgarrador:
Vestido de luto, apoyado en un bastón, leyó un discurso tembloroso ante los nobles de los Países Bajos.
Confesó sus errores: "He errado por juventud, por obstinación, por debilidad... Pero nunca quise hacer daño a nadie".
Entregó el poder a Felipe II (su hijo) y a Fernando (su hermano), rompió en llanto y se desplomó en su silla.
Felipe, de rodillas, le besó las manos mientras la corte lloraba. Fue un adiós teatral, digno de un emperador que sabía que su tiempo había terminado.
El retiro en Yuste: Un monasterio, pero no un santo
Carlos eligió el monasterio de San Jerónimo de Yuste (Extremadura, España) para sus últimos años. No era un monje, sino un anciano enfermo que buscaba paz:
Su "villa" junto al monasterio era lujosa: tapices flamencos, relojes, libros (incluido su querido César), mapas y hasta una traducción francesa de la Biblia (que la Inquisición le permitió como excepción).
Su rutina: Paseos por los jardines, misa diaria, charlas con su confesor Juan de Regla y cartas interminables a Felipe II (a quien seguía dando órdenes, aunque ya no gobernara).
Sus vicios: Aunque los monjes intentaban controlar su dieta, él seguía comiendo carne en exceso y bebiendo cerveza helada, lo que empeoraba su gota.
Pero el mundo no lo dejó en paz:
Felipe II lo bombardeaba con cartas pidiéndole consejo (y dinero). Carlos respondía con irritación, pero a veces intervenía: por ejemplo, cuando Francia rompió la tregua de Vaucelles (1556), él presionó a su hijo para que financiara la guerra.
La política lo perseguía: En 1557, el duque de Alba tomó Roma en su nombre, y él celebró la noticia desde su lecho.
Hasta su hijo ilegítimo, Don Juan de Austria (fruto de su relación con Barbara Blomberg), lo visitó de incógnito en Yuste. Carlos lo reconoció en secreto y le dejó una herencia, pero nunca lo presentó en público.
Su mayor dolor: Saber que su legado se desvanecía:
Felipe II gobernaba con manos de hierro, pero sin su carisma.
Fernando I (su hermano) ignoraba sus consejos.
Europa ya no era suya: Los protestantes triunfaban, Francia se burlaba de él, y el Papa lo llamaba "tirano".
La muerte: Entre la fe y la frustración
En septiembre de 1558, su salud colapsó:
Una infección pulmonar (por los vientos fríos de Yuste) lo dejó postrado.
Rechazó visitas, incluso la de su hija Juana (regente de España), porque no quería que lo vieran morir.
Su último acto: Recibir la extremaunción de manos del arzobispo Carranza (futuro hereje condenado por la Inquisición). Besó un crucifijo que había pertenecido a su esposa, Isabel de Portugal, y murmuró: "Dios mío, ten piedad de mí".
Murió el 21 de septiembre de 1558, a los 58 años, solo y en silencio.
Su cuerpo fue embalsamado y llevado al Panteón de El Escorial (construido por Felipe II).
Su corazón se quedó en Yuste, como símbolo de su amor por España.
Su testamento espiritual:
Pidió perdón por sus errores.
Dejó instrucciones para que Felipe II persiguiera a los protestantes (algo que su hijo cumplió con saña).
Legó su fortuna a obras de caridad, pero la mayor parte se la quedó la burocracia.
El legado: Un emperador que no supo morir
Carlos V no fue un fracaso, pero tampoco un triunfador:
Logró un imperio global (desde América hasta Europa), pero lo gobernó como un medieval en un mundo moderno.
Ganó batallas, pero perdió la paz: Su obsesión por la unidad religiosa lo llevó a guerras interminables que arruinaron a España.
Abdicó con dignidad, pero no supo soltar el poder: Hasta en Yuste seguía dando órdenes, como si aún fuera emperador.
Su mayor tragedia: No entendió que el mundo había cambiado. Mientras él soñaba con cruzadas y concilios, Europa avanzaba hacia el capitalismo, el protestantismo y los Estados-nación. Murió anclado en el pasado, y su imperio se desmoronó sin él.
Felipe II heredó un reino en bancarrota, una Europa dividida y un padre cuyo fantasma lo persiguió toda su vida. Carlos V fue el último gran emperador, pero también el último en creer que un solo hombre podía gobernar el mundo.
Carlos V no murió derrotado, sino agotado. Su vida fue una epopeya de ambición y fe, pero también de soledad y frustración. ¿Valió la pena? Él creía que sí, porque luchó por lo que creía justo (aunque se equivocara a menudo). Su historia es un recordatorio de que el poder absoluto corrompe, pero también consume.
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